Lecciones del incendio en La Boca y el riesgo de un gasoducto junto al Canal
Puente de las Américas.
Por: Carlos Gonzalez de la Lastra
Ayer, Panamá vivió una escena que no debe olvidarse. Un camión cisterna explotó en La Boca. Hubo una muerte, varios heridos, y el fuego alcanzó una de nuestras infraestructuras más emblemáticas: el Puente de las Américas.
Bastó un solo evento, un solo vehículo cargado de combustible, para paralizar una vía crítica, sembrar angustia en la población y obligar a revisar la integridad de una estructura vital para la movilidad nacional.
Ese hecho, por sí solo, debería bastar para provocar una reflexión profunda.
Pero no estamos reflexionando. Estamos avanzando, casi sin debate, hacia la posibilidad de construir un gasoducto cercano al Canal de Panamá y a zonas pobladas.
Y ahí es donde surge la verdadera preocupación.
He dedicado buena parte de mi vida profesional al mundo de los seguros y reaseguros, dirigiendo empresas en varios países. Si hay una lección fundamental en ese oficio es esta: antes de aceptar un riesgo, hay que comprender su naturaleza.
No todos los riesgos son iguales.
Una cisterna es un riesgo puntual, limitado en volumen, con consecuencias intensas pero localizadas. Lo ocurrido en La Boca lo demuestra.
Un gasoducto, en cambio, es un sistema continuo, con inventario permanente, con múltiples puntos de exposición, y con la capacidad de generar eventos de mayor alcance.
No se trata solo de una explosión. Se trata de la posibilidad de una bola de fuego inicial, seguida de un incendio sostenido, con radiación térmica capaz de afectar áreas mucho más amplias.
Y, sobre todo, se trata de algo más grave: la acumulación de riesgos.
Porque en el caso panameño no hablamos de un ducto en una zona aislada. Hablamos de un ducto cercano a:
—El Canal de Panamá, una de las infraestructuras más importantes del planeta.
—Buques de altísimo valor transitando diariamente.
—Comunidades humanas que viven en sus alrededores.
—Infraestructura vial crítica para el país.
Cuando un asegurador ve esa concentración, entiende inmediatamente que no está frente a un riesgo ordinario. Está frente a un riesgo sistémico.
Lo ocurrido en La Boca fue una advertencia.
Un evento pequeño, comparado con lo que podría ser una ruptura mayor en un sistema energético de gran escala, fue suficiente para generar muerte, caos y paralización.
Ahora imaginemos, con serenidad y responsabilidad, un evento equivalente en un gasoducto cercano al Canal.
No hablamos solo de fuego. Hablamos de interrupción del tránsito marítimo, de impactos económicos incalculables, de riesgo para embarcaciones, de afectación a la reputación internacional de Panamá y, sobre todo, de peligro para la vida humana.
La pregunta que debemos hacernos no es si el gasoducto puede construirse con estándares de seguridad.
La pregunta correcta es otra:
¿Debe Panamá asumir voluntariamente ese nivel de riesgo, cuando existen alternativas menos peligrosas?
Los países que han entendido su destino geoestratégico han sido prudentes con sus decisiones. Han protegido sus activos más valiosos con una lógica clara: no exponerlos innecesariamente.
El Canal de Panamá no es una obra más. Es el corazón de nuestra economía y un activo de valor mundial.
Jugar con riesgos de alta severidad en su entorno no es una decisión técnica. Es una decisión histórica.
Panamá tiene el derecho —y la obligación— de debatir este tema con seriedad.
Porque las naciones no se destruyen solo por lo que hacen mal.
También se destruyen por los riesgos que aceptan sin pensar.
Y hay riesgos que, simplemente, no se deben tomar.

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