César Barría: “He tratado de enfocarme en que no me vean como discapacitado”

A sus 21 años un accidente lo dejó sin su  pierna derecha. Desde entonces se propuso desafiar las corrijoentes, ser el primero en cruzar a nado el estrecho de Gibraltar. Demostrar al mundo, y a sí mismo, que no hay límites cuando se tiene una actitud positiva ante las peores circunstancias 



César Barría. 


Superar los traumas puede ser el reto más difícil de cualquier ser humano. Levantarse de la cama después de una amputación es un propósito que no siempre camina para todos. César Barría lo sabe de memoria. Lo vive y recuerda todos los días. Por fortuna, con el tiempo con menos dolor. Aprendió a verse diferente. A aceptarse. De ser un joven común y corriente, con sueños y aspiraciones, un día se encontró acostado en el hospital rodeado de su familia y un médico que le comunicó una de las peores noticias de su vida. Pero supo transformar el dolor en una oportunidad para demostrar al mundo, pero principalmente a sí mismo, que nada, ni siquiera la amputación de su pierna derecha, lograrían mermar su capacidad o etiquetarlo socialmente como un discapacitado.

Su experiencia es hoy un ejemplo para todos. Como él mismo dice: se vale quejarse, pero también tenemos que proponerse encontrar las soluciones que están en nuestro entorno. Se propuso cruzar a nado el estrecho de Gibraltar, el de Santa Bárbara y la vuelta a Colón, y lo logró desafiando todos los pronósticos.

A las personas que han pasado por situaciones traumáticas les cuesta mucho salir adelante, ¿cómo lo enfrentó?

Es todo un proceso que a veces es muy complejo. En mi caso pasó un accidente en el que yo estaba ayudando a un amigo a empujar el carro, vino otro carro que no nos vio y nos impactó. Yo tenía 21 años cuando sucedió el accidente. Me levanté al día siguiente y el médico me dio la noticia de que tuvieron que amputarme la pierna derecha. Habían hecho todo lo posible, pero no pudieron salvarla. Era como reconocer lo que estaba sucediendo en ese momento. Complejo porque de la noche a la mañana te cambia la vida. Es un impacto muy fuerte. Cuando recibimos la noticia, mis familiares y yo, nos dio un dolor inmenso.



El accidente al principio fue doloroso, hubo sufrimiento, pero para mí fue un trampolín para poder sacar una mejor versión de mí mismo. Si no me hubiese pasado eso no hubiese explotado todas mis capacidades.


Imagino que ellos tuvieron que dar la autorización para la amputación... 

Así es, así fue y así pasó. De hecho, esa autorización la otorgó un familiar mío y fue un golpe duro para ellos. En el momento obviamente tienes que recibir todo: el dolor físico, emocional, saber qué está pasando. Luego con los días fui tratando de caer en cuenta de la situación y reconocer lo que estaba pasando. De ahí, poco a poco, día a día fui aprendiendo que pasó algo. Ya no tenía una pierna y tenía que asumir lo que estaba pasando. Ese reconocimiento no fue instantáneo. Hubo una etapa de negación. Es la etapa más oscura, la más dolorosa. En esa etapa hay gente que te visita, que te apoya, pero cuando estás solo en tu cuarto, enfrentar eso es durísimo.

¿Quién es el Cesar de hoy y quién es el de ayer? ¿Cómo ha sido el cambio interior?

El Cesar de antes, yo diría que sigo siendo una persona ordinaria, como todo el mundo, pero ese César era un muchacho con sueños y aspiraciones. Sin embargo, el César luego del accidente cambió la vida. Si me preguntan a cuál de los dos prefiero, respondo con los ojos cerrados que el de ahorita. El accidente al principio fue doloroso, hubo sufrimiento, pero para mí fue un trampolín para poder sacar una mejor versión de mí mismo. Si no me hubiese pasado eso no hubiese explotado todas mis capacidades.

¿Quién ejerció la mayor influencia en usted en los momentos difíciles?

Mis padres, mi hermana. Ellos fueron fundamentales. De hecho, les agradezco un montón, no solo después del accidente, sino antes de eso. La crianza que ellos me dieron, la formación produjo al ser humano capaz de salir adelante.

¿Cómo manejó el tema de la autoestima, lo ven distinto?

Al principio costó mucho ese tema. Cómo iba a recuperarme en el entorno social.

Al final, ¿a usted le queda el término de discapacidad?

Es la realidad.  Es una discapacidad.  En eso he tratado de enfocarme, en que no me vean como discapacitado porque en eso es que tenemos, como sociedad, ver a las personas.

¿Qué tanto influye en la gente cuando ve a una persona con discapacidad?

Muchísimo. En la autoestima, crecimiento como humano, profesional. Tener una discapacidad no solo es un reto físico, sino emocional y a nivel de crecimiento profesional.

¿La sociedad es consciente de todos esos desafíos?

Se han dado pasos importantes, pero falta integración, equiparar las oportunidades. Hay un alto índice de personas con discapacidad que no han tenido acceso a la educación, eso a su vez conlleva que no entren al mundo laboral. En su familia esto afecta a nivel económico porque al final los familiares tienen que dejar sus trabajos para cuidarlos o contratar a alguien. Es todo un ciclo.

¿Hay discriminación a las personas con discapacidad en Panamá?

Si. La hay, se traduce desde lo mínimo, que es minimizando las discapacidades asumiendo que no son capaces de realizar alguna actividad. Lo etiquetan. Eso pasa en las mismas familias y afuera. Hay discriminación en el mundo laboral, a nivel educativo, compañeros de colegio, de la universidad.

¿En qué pensaba cuando se quedaba solo?

Tantas cosas. Tenía 21 años, tantos sueños, tantas metas que alcanzar en ese momento, pero a la vez todo estaba pausado, truncado.

El panorama era oscuro porque no sabía cómo iban a ser las cosas del día a día. Usualmente nos levantamos, vamos al baño o a la cocina para prepararnos algo. Esas cosas, cotidianas, no sabía cómo hacerlas en ese momento, o cómo iba a hacer. En aquel entonces iba a quedarme trabajando en el lugar donde estaba haciendo mi práctica profesional, no se pudo dar por el accidente. Te quedas pensando en todas esas cosas. Tuve que reflexionar muchísimo, aprender.

Con los días fui pensando, me decía que esa circunstancia por la que estaba atravesando, lamentablemente había sido eso, una circunstancia. Ante eso tenía que elegir una actitud, aunque no fuera todo. Tenía que ir paso a paso, un día a la vez, con paciencia y poner la mejor disposición en el momento para querer echar para adelante con las herramientas que hay.



Adelita conversando con César Barría. 


Se preguntó, ¿por qué a mí?

Sí, yo estaba en la cama, acostado, me decía, no puedo hacer mucho en este momento, pero puedo poner mi disposición con las enfermeras, con mi familia, de que yo quería salir adelante en lo que estaba haciendo. Estábamos en la casa y yo quería salir adelante. Claro, está la etapa de llorar, de pasar un duelo, pero en la otra cara había agradecimiento de estar con vida. Tenía sufrimiento, pero también agradecimiento porque recordé todo lo que había pasado durante el accidente y me di cuenta de que pude haber muerto en el sitio.

Tenía claros los recuerdos... 

Sí, yo me asombré de haber estado con vida. Le agradecí a Dios de tener la oportunidad de vivir.

En estas circunstancias a veces uno siente que la gente alrededor le tiene lástima. ¿Cómo lo combatió?

Yo poco a poco fui viendo algunas cosas, yo percibía el dolor y la lástima. Pero comencé a enfocarme en mis capacidades. Yo no intentaba que vieran mi discapacidad, sino mi capacidad. Entonces me concentré en eso. En cómo asumía mi día, trataba de poner una sonrisa a lo que estaba viviendo, aunque era complejo, trataba de poner mi mejor disposición.

Trataba de enfocarme en mis talentos, en mis capacidades y ahí fue cuando después de un año rehabilitación en todos los sentidos -trataba de ir a mis terapias físicas- me planteé objetivos. Uno de ellos era volver al deporte. Me dije: quiero representar a Panamá. Me di cuenta de que mañana no sé si nos levantamos. Yo me dije: no me puedo ir de este mundo sin haber intentado.

Cuando uno pasa por una situación así, experimenta miedos, te invaden la cabeza, ¿cómo se planteó objetivos tan altos?

Yo sé que el miedo es aterrador, a veces no tenemos el entorno adecuado, los recursos para emprender el viaje para echar adelante ya sea a nivel profesional o emocional. Pero algo que me motivó mucho fue un escrito de Pablo Coelho que decía: el mundo está en manos de aquellos que tienen el coraje de soñar y de correr el riesgo de vivir sus sueños. Yo quería echar para adelante y hay que atreverse a equivocar.

Yo no me quería ir de este mundo sin haberlo intentado. Esos miedos son parte del proceso que uno tiene que pasar y la evolución como ser humano y encontrar los motivos. La motivación es importante, pero a veces nos dejamos llevar de las sensaciones de que tenemos que estar bien, alegres, y no necesariamente es así. Tenemos que encontrar las razones y los motivos para echar para adelante.

¿Por qué se decidió por nadar distancias ultra largas?

Me decidí por el deporte de nados de agua abierta a ultra distancia porque era una manera para mí de poder explotarme y sacar lo mejor de mí a nivel deportivo. Pero yo quería ir más allá de las medallas que podía recibir, quería de alguna manera que la representación de nadar en las aguas abiertas pudiese inspirar a algunas personas de que, así como yo estaba cumpliendo mis metas y luchando contra corriente para llegar a un objetivo, como cruzar de Europa a África, quería que cada persona se viera en ese espejo de su día a día. También que pese a las corrientes, a la dificultad a la que nos topamos todos los días, poder hacer frente con todas nuestras capacidades.

Me da la impresión de que también es una forma de probarte a ti mismo de lo que eres capaz... 

Así es. Y así fue como inició. Empezó con un reto más pequeño que fue aquí en Panamá, que era cruzar la vuelta a Colón, eran cinco kilómetros a nado en el mar, que tomó más de dos horas. Era el hecho de demostrarme que yo podía hacer cosas importantes en mi vida. Luego de ese accidente para mí fue esa oportunidad. Como tu mencionas en la medida en que uno crece y puede aportar en la vida del otro, mejor. Pero esa fue la chispa que me motivó.

Comenzó en 2008 con el estrecho de Gibraltar, de ahí en Santa Bárbara (2012) y luego en Panamá en 2013. De estas carreras, ¿cuál fue la más difícil?

Yo creo que fue la del estrecho de Gibraltar por ser la primera. Por lo menos en Centroamérica nadie lo había hecho, con o sin discapacidad. Nadie había dado el primer paso, vencer tus miedos, la inseguridad de que si lo puedes o no lograr, eso me costó al principio mucho, pero valió la pena. A nivel técnico las corrientes, acostumbrarte a bajas temperaturas, vientos, fue un tema complejo para mí y el equipo técnico que me ayudó en la preparación. Pero valió la pena.

¿Cómo se prepara para ese tipo de retos?

Físicamente entrenamos por más de un año en específico para la carrera. Mentalmente, al principio no contaba con este apoyo pero era necesario el psicológico. Había un psicólogo deportivo y teníamos sesiones todas las semanas para la visualización, la concentración y el enfoque.

¿En ese momento ya había superado relativamente los traumas pasados?

Exacto. Ya era otra persona. Tenía como 25 años.

¿Qué planes tenía aquel muchacho de 21 años que dejaste atrás?

El plan era surgir, salir adelante. Tenía hambre de hacer cosas importantes en mi vida. Una de esas era el ser un atleta que pudiese representar a Panamá y lo estaba consiguiendo de a poco. Luego de ahí vino la idea de la carrera para llegar al estrecho de Gibraltar. 

En esa preparación, ¿cuál fue el consejo del psicólogo que se le quedó grabado?

Frase puntual no recuerdo, pero me decía que debía tener paciencia y mantener la calma cuando las cosas se complican. Esto fue importante porque en un nado tan largo hay muchas corrientes, estás cansado, el agua de sal está en tu boca, las olas te pegan constantemente.

Llega un punto en que te cuestionas: ¿qué hago aquí metido? Entonces en ese momento hay que ser paciente y guardar la calma. Ahí hay mucha fortaleza, a veces minimizamos el hecho de ser pacientes porque vivimos en un mundo tan acelerado que queremos todo instantáneo. Por eso a veces es bueno hacer pausas, bajar la velocidad, bajar el ritmo de las brazadas en mi caso, respirar profundo y concentrarse en los pequeños movimientos, en cómo está el pulso. En el estrecho teníamos planeado hacer 4 horas y media, pero hicimos cuatro horas con 29 minutos (risas). Fue un nado importante, en el Canal de Santa Bárbara fue de siete horas 49 minutos.

¿Cuál es el siguiente proyecto en la mira?

En el 2010 hice un intento de cruzar a nado el canal de la mancha de Inglaterra a Francia. Nadé por 60 kilómetros, 14 horas sin parar, pero me sacaron por hipotermia. La temperatura estaba entre 10 y 12 grados y estaba tan solo a dos kilómetros de tocar tierra. Eso fue en julio de 2010. Para que te contabilicen el récord debes tocar tierra en Inglaterra y al final en Francia, pero no alcanzamos a tocar. Mi objetivo deportivo es volver. Me estoy preparando. Empecé hace seis meses a entrenar y estoy tomando un año para eso. Posiblemente en el 2024 esté realizando el nado.

¿En esta nueva oportunidad que puede cambiar?

A nivel de preparación tengo que hacerlo con mucho más tiempo para las bajas temperaturas. En ese entonces me preparé, pero no fue tanto el tiempo.

¿Cómo se prepara para eso?

Estando más tiempo en el lugar. Ahí estoy. A nivel familiar tengo mi esposa y estamos haciendo planes y creciendo como matrimonio.

Envíe un mensaje para quienes estén pasando por un momento difícil o que no tengan una meta en la vida... 

Yo lo invito a que soñemos en grande. A veces soñar en un mundo que nos invita a estar enfocados en el hoy, es difícil. Pero soñar nos da esperanzas de querer ser mejor en todos los aspectos. En la medida en que nosotros comencemos a soñar en grande, pero no solo eso, a esos sueños hay que ponerles piernas y ponerlos a caminar porque si no se estancan. Eso es clave para salir adelante, el soñar y tener esa esperanza es la brújula para poder dar esos pequeños pasos. No es sencillo. Decía Ignacio Loyola:  no nos limitemos a la grandeza, pero concentrémonos en los pasos pequeños.

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