lunes, 11 de agosto de 2014

Presos, el eslabón perdido de los gobiernos

Acabo de llegar al Centro Penitenciario “La Joya” ubicado en Pacora, al Este de las afueras de la ciudad capital, para visitar a unos amigos mexicanos que cumplen condena.  La Joya es uno de los centros más sobrepoblados, la cantidad de gente que vive ahí  triplica la  capacidad para la que fue diseñado el penal.Tan pronto bajo del auto me dirijo al guardia que está apostado detrás de la garita del primer control del penal. En total son tres controles para entrar al penal.

Es media mañana de un día de semana caluroso. Ha transcurrido un mes desde que prometí a mis paisanos mexicanos la visita. Cada vez que camino por aquí me vienen a la mente con claridad las palabras que en una ocasión expresó un interno: “los presos somos los primos hermanos de los muertos. Al principio, cuando recién ingresamos la gente se acuerda con la frecuencia en que visitan las tumbas de un recién fallecido; pero, conforme pasa el tiempo se olvidan de uno, al igual que de los muertos, solo que nosotros seguimos con vida”.

Sacar un permiso de visita requiere de un trámite burocrático y engorroso, saturado de preguntas: “¿Para qué va?, ¿por qué quiere entrar?, ¿a quién va a visitar?, ¿qué va a escribir?”.

Una autorización regular limita la llegada del visitante al primer punto de control –manejado por la fuerza pública que se encarga del perímetro externo del centro-. Ahí atiende  un Sargento o un Teniente vestido de uniforme camuflado al estilo militar, a pesar de que en Panamá no hay ejército.

Otro tipo de permisos permiten ingresar con el auto al segundo control de vigilancia y evitar la espera de un bus interno que traslada, como sardinas en la lata, a las visitas del primer punto de seguridad hasta la Joya o La Joyita, el otro centro penitenciario ubicado en el mismo globo de terreno.

AGOBIANTE VISITA
La imagen que queda en la memoria cuando culmina el proceso de revisión es la del momento cuando los guardias  le piden a uno que se desvista para cerciorarse que nada se esconda entre la ropa.

Voy vestida con pantalón de mezclilla sin cinturón, camiseta lisa forzosamente de color rojo -el tono que identifica a las visitas de La Joya-, con el cuello sencillo, manga a la mitad del brazo, sin aretes o joyas. También llevo el libro ”Tras las líneas del narcotráfico”. Los textos son un verdadero escape mental para quienes viven en la incertidumbre de esperar por meses o años si son o no culpables de lo ue se les acusa. En esta situación vive un 63% de la totalidad de la población penitenciaria. El resto ocupa su tiempo en contar los días que pasan.

Los internos que visitaré son de origen mexicano, por eso preparé unas quesadillas que vienen empacadas en una bolsa de plástico transparente.

Cualquier producto que ingrese al penal debe estar contenido en bolsas o contenedores de plástico transparentes; la pasta de dientes, la leche, el pan, el jabón partido por la mitad, la comida, el cereal, etc. Los custodios suelen ser muy estrictos en el cumplimiento de estas reglas y cuando detectan a alguien que las infringe suele, como se dice, ver su suerte.

Pero, adentro, todo es distinto.   Estos mismos artículos se venden con su empaque original, a todo color, y a precio de ricos: la pasta de dientes vale cuatro dólares, el tubito pequeño; la soda de dos litros, $3.25; un plátano, casi un dólar; una libra de carne o de pollo alcanza los $5.50. No parecen existir controles en el mercado carcelario.

En la cárcel todo es dinero, irónicamente, plata es lo que menos tiene un preso.
 
Una vez el uniformado recibe el permiso de entrada me indica que tengo que registrarme en otra ventanilla para verificar que el interno no haya recibido visita en quince días, lapso de tiempo que les permite a los internos ver a sus familiares o amigos.

La fila se hace en una caseta posterior a la sala de guardia. A través de una  pequeña ventanilla atiende otro policía que corrobora los datos solicitados. Le indico el nombre del privado de libertad, después de 10 minutos lo ubica y me da un papel que será mi pase a los demás puestos de control.

Hace un calor húmedo que rebasa los 30 grados centígrados. Camino a la siguiente fila de revisión donde un grupo de custodias, mujeres por lo general, me abre la bolsa en la que llevo la comida.
-¿Qué es esto?
-Quesadillas.

La mujer pide que parta en dos cada una de las 30 quesadillas rellenas de frijol y queso que  hay en la bolsa. Debía verificar que no contengan droga u otra cosa prohibida.

Observo como al partirlas se sale todo el frijol y el queso y la apariencia de una comida recién hecha se asemeja cada vez más a una bola de masa con manchas negras y blancas. Más tarde medisculparía con mis conocidos por la presentación.

Seguidamente la mujer me hace pasar a lo que se asemeja a un cubículo, tiene tres paredes de cemento sin puerta, y me pide cual orden militar y en tono enérgico, que me alce la camiseta. Hago caso a sus instrucciones.
-Muéstreme debajo del sostén, insiste.
- Bájese el pantalón.
Obedezco.
-Ahora el panty y doble las piernas  como si fuera a orinar.

No pude renegar la indicación a pesar de la pena que sentí al ver como una extraña con licencia observaba mis partes íntimas.
-El libro no pasa, oyo? Ese libro no está permitido.

La custodia me dirigió con su supervisor alegando que el texto decía “narcotráfico”, al parecer un término prohibido en el penal aunque intramuros se cuentan cientos de narcotraficantes que pagan condena.

Me frustro de tanta prohibición. Hacía apenas unos días atrás hubo una balacera en La Joyita y los familiares que esperaban fuera de la penitenciaria denunciaban que los mismos guardias habían entrado las armas.

El mismo sistema permea armas, teléfonos celulares, cuchillas, televisores, whisky, ron, aguardiente, cigarrillos. Todo tiene un precio distinto.

Invito a la funcionaria a que me indique en dónde está escrito el impedimento de ingresar un libro. No sabe responder y me señala un afiche pegado en la pared de enfrente que detalla las publicaciones prohibidas entre las que se leía revistas pornográficas, pero en ningún sitio aparecía “libros”.

El asunto generó una discusión que llegó a oídos del Comisionado a cargo quien finalmente se disculpó por el hecho y permitió el paso del ejemplar.

Que acertado aquel pensamiento del ruso Fyodor Dostoyevsky que expresa que uno puede calificar el grado de civilización de una sociedad cada vez que ingresa a una cárcel.

INTRAMUROS
El peor enemigo de quienes viven intramuros es el tiempo. En una ocasión le pregunté a un preso, aún sin condena, qué significaba el tiempo para él. Lo resumió en una palabra: frustración. Dijo: “estar todo el día aquí sin hacer nada es una tortura, aburrido, es rutinario, no hay motivación para despertarse al día siguiente, y sin embargo, tengo que seguir viviendo” me escribió en un chat del celular.

Otro de ellos indicó  por la misma vía: “vivir en la cárcel en las condiciones en que se encuentra el penal resulta degradante, cuando hay requizas los policías tiran todo al piso, mojan la ropa y el colchón donde uno tiene que dormir, lo hacen sentir a uno como basura, como si el preso no tuviera derecho a nada” escribió.

Las celdas son insalubres; en un espacio de 18 metros conviven once personas día y noche, se tropiezan entre si al caminar, y por la noche algunos duermen en el piso, otros en colchonetas y unos más en hamacas.

A diario se lucha por conseguir la poca agua que llega a ciertas celdas. Su falta se traduce en un desencadenante de enfermedades en la piel que se complican por la falta de atención médica. En ocasiones el agua no alcanza para las necesidades básicas: bañarse, lavarse las manos con frecuencia o lavar la ropa.

La misma infraestructura carcelaria está enferma, propicia males respiratorios y tuberculosis que mata a la gente. Además, los pacientes psiquiátricos y drogo dependientes no cuentan con atención especializada.

La Defensoría del Pueblo efectuó un informe de la situación del sistema penitenciario en el 2011 que sitúa a Panamá como el país de Latinoamérica con el mayor índice de privados de libertad  en una relación de 346 personas presas por cada 100 mil habitantes.  El mismo reporte atribuye estas cifras al incremento en la conducta delictiva propiciada por niveles extremos de pobreza, altas tasas de deserción escolar, familias desintegradas, falta de oportunidades, ausencia de políticas sociales estructuradas y sustentables como factores clave del incremento de la delincuencia y la violencia.

INTROSPECCIÓN
A las cinco de la tarde religiosamente, se escucha al representante del pabellón ante la autoridad con un pito anunciando el fin del día. Se pasea por todo el pasillo pitando varias veces para asegurarse que todos entren a sus celdas. Es el momento en que la mente espera el clásico chillido que provoca la reja metálica cuando encuentra su par, y enseguida viene el click seco del candado.
 
Adentro hasta al más bellaco se le ve llorar. No importa si ha matado a una, diez, o un número desconocido de personas, la cárcel en la soledad, se encarga de martillarle todos sus actos y por añadidura les recuerda su propia miseria.

TAREAS A EMPRENDER
Viven juntos condenados y quienes esperan sentencia. No existe una clasificación real y técnica de los internos, aunque se ha legitimado la agrupación por integrantes de pandillas.

Ésta es una de las primeras táreas que se miran en la agenda de Gabriel Pinzón, Director General del Sistema Penitenciario.

Además de este delicado asunto, Pinzón identificó otros más: el hacinamiento, la seguridad de los internos y de quienes ingresan al penal, la salud y el abastecimiento de agua potable.

Con tanto qué hacer se le nota abrumado, no sabe por dónde empezar. Lo primero, no obstante, ya se hizo. Instaló el Consejo Consultivo de Políticas Penitenciarias integrado por representantes de varios órganos como de la Corte Suprema de Justicia, de la Procuraduría, trabajadores sociales, psicólogos, el ministro del ramo, la Policía, quienes se centrarán en hacer todas las políticas penitenciarias. Entre sus primeros proyectos destaca aquel que permita desahogar la cárcel para tener un mejor manejo de los internos.

La idea ha sido consultada con la directora del Instituto de Criminolgía de la Universidad de Panamá, Aida Selles. Una mujer con experiencia que coincide con los planteamientos de Pinzón. “Hay alternativas que el mismo sistema tiene incorporado y puede aplicar; depósitos domiciliarios, programas educativos, laborales o la prisión abierta que permite al reo salir de día y pernoctar en la celda” afirma Selles.

La criminóloga agrega que para ésto “se requiere un diagnóstico muy bueno para poder establecer quién se beneficia con este modelo” subraya.

Selles ya empezó a colaborar  con el sistema. Desde hace algunas semanas  analiza   algunas recomendaciones de perfiles para dirigir las cárceles. Son puestos técnicos, me dice, no cualquiera puede hacerlo a pesar de la buena voluntad.

Se frustra reiteradamente porque lleva años solicitando a los gobiernos que adopten una política criminológica integral para  bajar y/o estabilizar los índices de delincuencia. Pero ningún gobierno toma en serio la sugerencia.

Esta ocasión es distinta, me dice. Tenemos mucha confianza en la viceministra de gobierno María Luisa Romero.

Egresada de la universidad de Harvard en Estados Unidos, Romero ha estudiado el fenómeno penitenciario desde hace años y sabe por dónde flaquea. No obstante, para bajar el hacinamiento, se requiere de la colaboración de varios, entre ellos del Sistema Judicial y la Procuraduría para acelerar los procesos.

En el sistema los periodos de detención preventiva son largos, los presos tienen poco acceso a la justicia, y la escasa operatividad del sistema en crear lazos entre el interior y exterior impiden una reinserción de modo progresivo a la sociedad.

Pinzón espera graduar 500 custodios civiles, además de los 900 existentes, para tratar de que cada uno tenga a su cargo quince internos, actualmente la relación es de un custodio por cada 22 presos.  

El recién estrenado director menciona que el factor de la seguridad dentro del penal es otro asunto que le preocupa: “las armas entran por la puerta principal” me comenta en forma de asombro. Para contrarrestar esta situación piensa instalar puestos de control más eficaces. Sabe que no va erradicar la corrupción, y ésto lo acentúa, pero sí tiene expectativas de disminuirla.

LA GRAN JOYA
Una serie de pabellones ubicados en 6 filas se construyó contíguo a los terrenos de La Joya y La Joyita como una solución a la sobrepoblación penitenciaria. Con el nombre de la Gran Joya, el penal tiene capacidad para albergar a 5,500 internos.

La construcción fue recibida en abril pasado, pero aún esta sin uso. Recientemente se inundaron algunas áreas producto de las fuertes lluvias, lo que motivó una investigación de las recién instaladas autoridades para determinar las causas y posibles responsables.

En la década de los sesentas, las cárceles de hoy servían de barracas a la Fuerza de Defensa del país. Además contaba con un centro de instrucción militar (CIM), y muy cerca de ahí cruzaba el río La Joya. De ahí el nombre del complejo del penal.

La base de las Fuerzas de Defensa, a su vez, era una  herencia de los norteamericanos que ocuparon territorio panameño bajo el Tratado Hay-Bunau Varilla.  Aparentemente los norteamericanos convinieron con una familia de alcurnia, dueños del terreno,  para utilizar 4 o 5 mil hectáreas  e  instalar su base militar.

“No podemos usar las instalaciones  de La Gran Joya porque requerimos mínimo de 500 custodios y cien personas más para su operatividad; administrativos, técnicos, ingenieros químicos para la planta potabilizadora, y otras profesiones”  explica Pinzón.  Una vez se logre completar el personal, La Joya y La Joyita se adecuarán  para instalar los talleres de resocialización y otras actividades.

Este punto, la resocialización, es uno de los más sensitivos y de los que aún las autoridades no logran establecer un plan estructurado que llene las horas de ocio que abruman a los encerrados.

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