jueves, 3 de octubre de 2013

El Acuerdo Kerry-Lavrov sobre Siria



George Chaya
[experto en medio oriente]


Con su acuerdo sobre las armas químicas de Siria, el presidente Barack Obama ha provocado un estruendoso silencio en torno a su estilo de liderazgo. Sus amigos hablan de un golpe diplomático, sus adversarios afirman que ha cometido un error que ningún otro presidente de EEUU se habría permitido cometer.

Es innegable que ambos puntos de vista están abiertos a la discusión: el acuerdo Kerry- Lavrov puede ser un buen golpe diplomático para Moscú, pero no para Washington, y claramente ha sido una victoria demoledora de Putin, quien ha logrado encauzar la cuestión siria como planeaba. Recorriendo la crisis siria desde el principio, es claro que se trató de una revuelta de la ciudadanía contra un régimen que le niega sus derechos políticos y humanos, que aplastó las demandas populares con matanzas indiscriminadas en las que han muerto más de cien mil personas en los últimos treinta meses. Esto dio lugar a que la idea de una intervención fuera tomando cuerpo en la comunidad internacional, ello a fin de detener las matanzas y ayudar a los sirios a encontrar un camino hacia un nuevo sistema político que garantizara su seguridad. Pero esto no sucedió, todos y cada uno de los líderes de los países centrales esquivaron su responsabilidad en el caso sirio.

Ahora, centrando el problema en el arsenal de las armas químicas del régimen, Putin ha vuelto a incendiar Siria, tanto en el problema originario como en la solución. La salida que se busca es colocar ese arsenal bajo supervisión internacional a fin de ser desmantelado. Pero no se aborda el eje central del verdadero problema: se deja de lado las masacres ejecutadas por el Estado sirio con armas convencionales.

El calendario previsto es interesante y muestra la victoria diplomática de Moscú sobre Washington. Siria tiene hasta ‘mediados de 2014 para deshacerse de su arsenal de armas tácticas’. La vaguedad de este término de tiempo fue acordada y firmada tanto por Obama como por Putin y el acuerdo fue remitido a la Comisión de Armas Químicas de Naciones Unidas. Aunque nadie menciona que es exactamente el tiempo que queda en el mandato presidencial de Bashar Al-Assad.

Desde el principio, Putin había declarado que no permitiría que su socio Al-Assad sea destituido. Ahora, esa estrategia del líder ruso está garantizada por Obama. El presidente sirio debe permanecer en el poder para colaborar en el desmantelamiento de las armas químicas. Eso hace que Assad no deba irse ni ser destituido. De manera incomprensible e ingenua, Obama prestó su acuerdo explicito para que el dictador incluso pueda buscar otro mandato presidencial en junio de 2014.

La pasada semana Assad fue más allá, y pidió que EEUU le otorgue mil millones de dólares para conformar una comisión local encargada de destruir su mortífero arsenal de armas químicas. El presidente sirio indicó que llevaría más de un año completar la tarea. Desde el salón Oval, se le respondió a Putin que el presidente Obama prestaba su acuerdo. Ello vino a confirmar que todo lo que Obama ha hecho ha sido resolver un problema subsidiario, evitando el problema real.

Sin embargo, Obama no es el primero en practicar estas políticas siniestras. Unos pocos ejemplos de la historia reciente de EEUU así lo demuestran. En octubre de 1962, el mundo estaba paralizado por la llamada crisis de los misiles cubanos. Se trataba de la instalación en Cuba de misiles soviéticos capaces de transportar ojivas  nucleares. La crisis terminó, luego de 13 días con un acuerdo de parte de Moscú para retirar los misiles. Aquel enfrentamiento se convirtió en parte de la mitología norteamericana que retrato al presidente John F. Kennedy como un líder visionario que obligó el líder soviético Nikita Khrushchev a una retirada histórica. Pero como siempre, la realidad es algo diferente a lo que se publicita políticamente, y esa realidad mostró luego que sólo fue un repliegue estratégico de Moscú.

En aquel momento, los comunistas habían instalado los misiles básicamente por dos razones. En primer lugar, la ex URSS quiso mostrar a Washington que ya no podría derrocar el régimen de Fidel Castro. Habiendo fracasado en la Bahía de Cochinos, la CIA estaba planeando nuevas opciones y medidas contra el comunista cubano y el Kremlin garantizó con esa acción que el tirano pudiera continuar sojuzgando al pueblo cubano ante la incompetencia de la administración estadounidense de ese momento. En segundo lugar, Kruschev quería que Kennedy desmantelara los misiles Júpiter con ojivas nucleares que EEUU había estacionado en Turquía, muy cercanos a la frontera soviética en 1961. Khrushchev logró sus dos objetivos. Los EEUU no efectuaron más movimientos contra los comunistas de la isla y el régimen continúa hoy día oprimiendo a los cubanos y destrozando la vida de millones de ellos. El presidente Kennedy también desmanteló los misiles Júpiter de Turquía y la victoria diplomática soviética fue aplastante dando lugar en los años siguientes a que Moscú utilizara a Cuba en las guerras por el poder contra los EEUU y sus aliados en América Latina, África e incluso el sur de Yemen y Omán.

Sin embargo, muchos consideraron a Kennedy como un héroe y millones de norteamericanos creyeron ingenuamente que habían ganado la pulseada a los soviéticos. Cuando la solución al problema real hubiera sido el cambio de régimen en Cuba. Pero Kennedy abandonó al pueblo cubano y engaño a los estadounidenses y a sus socios latinoamericanos. Al igual que Obama hoy, Kennedy se inclinó por una solución subsidiaria al problema creado inteligentemente por los soviéticos y claudicó en una solución que, aunque aún hoy sigue siendo publicitada como un acto de defensa a la paz, al cabo no fue más que una derrota espantosa para Occidente.

Lo que Kennedy no entendió en su momento fue que el verdadero problema era que el imperio soviético consideraba a las democracias capitalistas occidentales como ‘el enemigo’ y mientras pudo, trabajó para unir al mundo bajo la marca del comunismo, generando muerte, destrucción y miseria en tantos lugares del planeta como se le presentó la oportunidad de hacerlo. La solución al problema real hubiera sido que los presidentes, Kennedy en su tiempo y Obama en la actualidad, cooperaran responsablemente con los pueblos cubano y sirio por el cambio de sus regímenes. Contrario a ello, los presidentes abordaron problemas subsidiarios, incluidas las negociaciones de limitación estratégica -SAL, por sus siglas en ingles- que en última instancia llevó a un par de tratados irrelevantes, como por ejemplo el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START). Pero curiosamente, décadas después de la firma del START, Rusia todavía tiene suficientes armas nucleares como para destruir el mundo 30 veces más que en 1970.

¿Qué hizo occidente al respecto? La respuesta es que hizo poco y nada. Sólo sedujo y endulzó a Moscú a que continuara dentro del START a través de subvenciones de Washington a una economía soviética en bancarrota, especialmente a través de créditos blandos ‘sin intereses y con periodos de gracia de hasta 25 años’. Seguramente no celebrarían tal distensión los contribuyentes estadounidenses si supieran de esta realidad, que en su mayoría ignoran.

Otro ejemplo palmario de la incompetencia norteamericana en negociaciones con Moscú fue el accionar del presidente Bill Clinton en el problema de Bosnia-Herzegovina. Clinton ordenó a Richard Holbrooke generar una reunión con las facciones beligerantes en Ohio para forjar un acuerdo; la reunión demoro 45 días. Mientras tanto, los rusos ayudaron a los serbios a terminar de asegurar todos sus territorios mal adquiridos, incluidas las zonas musulmanas y católicas. Estas idas y vueltas de Clinton y los rusos dieron lugar a los conocidos y desgraciados hechos de limpieza étnica dentro de Serbia configurando otro paso en falso de la diplomacia de los EEUU. Volviendo a Siria, ¿qué significa entonces el acuerdo Kerry-Lavrov? Sencillamente no es más que un entendimiento tácito de sus jefes Obama y Putin de que el uso de armas químicas, comprobado al menos en cuatro ocasiones, bien puede no ser considerado como un crimen de guerra. Por lo que no debe descartarse que los autores de estos delitos no sean castigados por el derecho internacional.

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