martes, 31 de diciembre de 2019

El costo de purgar una condena en la cárcel

Quienes pagan sentencia requieren de un jugoso presupuesto para vivir en la cárcel donde todo tiene un precio. Desde lavar la ropa, cocinar, pedir protección o comprar en el Paquito, la tienda del penal

En la cárcel se consigue de todo, como en botica: alimentos, armas, platinas, televisores, play station, municiones, celulares, chips de celular, dinero, comida, una larga lista de artículos.

Es un sistema confirmado, funciona, se practica a diario y deja grandes ganancias para ciertos grupos de acuerdo al perfil criminal y al dinero que tienen en el bolsillo. Así se segmentan los poderes en un inframundo en el que cuesta diferenciar el mando entre la autoridad y los presos. Una línea tan delgada que se difumina sin establecer con claridad quién es realmente el que ostenta el control del pabellón.

Este sistema se sostiene porque hay varios elementos que se conjugan para ello: el concepto de que en la Policía Nacional se entiende como un castigo el que una unidad se le asigne la misión de cuidar el penal; custodios civiles corruptos; altos mandos de la Policía que se prestan para las tareas sucias más sensitivas y presos que buscan cualquier oportunidad para corromper a todos los anteriores. Una fórmula infalible que alimenta un sistema corrupto.

“Introducir un celular a la cárcel oscila entre $100 $300 según el tipo de aparato, un chip que se esconde en una media o un zapato $10, un arma pasa por piezas y su costo oscila entre $3 mil a $4 mil, cada bala $20. No es creíble que la Policía se sorprenda por estas cosas porque ellos saben todo lo que ocurre dentro”. Es el relato de un exconvicto, Pedro (nombre ficticio), que conversó con este diario y explicó las mañas que se emplean intramuros para sobrevivir.

La masacre del 17 de diciembre en la que 15 internos de una pandilla fueron asesinados brutalmente por otros reos de la misma banda, despertó el interés de algunos exconvictos a describir la vida en la cárcel. Juan y Pedro (nombres ficticios) narraron a este diario su experiencia. Son dos exprisioneros que contactó La Estrella de Panamá, que no se conocen entre sí, fueron condenados por distintos delitos y no convivieron en el mismo pabellón a pesar de que ambos coincidieron en tiempo de sentencia. Sin embargo sus historias son muy parecidas, coinciden en la metodología que implementaron para sobrevivir en ese otro mundo, y cómo lo hicieron.

La corrupción, según Pedro, “se ve con más frecuencia en cargos de Tenientes en adelante en las filas de la Policía. Unidades que gozan de libertad de tránsito en los pabellones. No todos son corruptos, pero entre un 30% a 40% del personal se presta para hacer algo desde lo más mínimo, como puede ser ingresar un celular, un cargador, hasta cosas más delicadas como un arma, municiones”. El exceso del valor del artículo se reparte entre los actores que hacen posible el contrabando.

Para ingresar al complejo de La Joya y La Joyita, cárceles que alojan a casi 10 mil privados de libertad, hay que pasar por varios controles. El primer filtro es el que revisa a todo el que el entra. Ahí deben dejar celulares los abogados, familiares o administrativos que laboran en los penales. Sin embargo, los custodios, policías y unidades de la Dirección de Investigación Policial no lo hacen.

“Hay muchas formas de obtener un celular en la cárcel, solo hay que tener plata”, dijo Pedro.
El jugoso Paquito

El Paquito es una tiendita que vende principalmente artículos de higiene personal y alimentos, cuyos precios -según los presos- duplican y triplican el valor del producto en comparación de lo que valen afuera.

El exconvicto Pedro, estima que diariamente este negocio puede tener ventas de cientos de miles de dólares. “Un pabellón ‘normal’ puede tener un consumo de $2,500 a $3,000 diarios, pero en los más poblados se mueven entre $4,500 a $6,000”, calculó en base a trece estructuras habitadas. Si tomamos como válida la suposición de Pedro, la cifra mínima diaria de ventas en estas tiendas ascendería a $32 mil (2,500 por trece pabellones).

“Se pierde el control real de los precios. Nadie pone un alto, la gran necesidad de los internos los obliga a comprar a precios ridículos”, exclamó Juan.

Una lista de la tienda ‘Delilight’, de La Joyita, a la que tuvo acceso este medio refleja los siguientes precios: margarina $3.00, hot dog $9, arroz popular una libra $1.15, galletas sándwich $7.75, leche La Chiricana 46 ml, $1.05, una libra de pasta $4.00. Lo que da una idea del presupuesto que debe tener un interno para adquirir estos artículos.

Los exconvictos también mencionaron otros precios: “libra de poroto $3, libra de lenteja $3, gatorade $2, pareciera un monopolio instalado desde hace muchos años. Soda $1.25 cuando afuera se consigue en .50 centavos, el agua no baja de $1.25 o $1.50”.

Todo pabellón tiene un intermediario, entre los internos y el Paquito, que recogelos pedidos y el dinero de sus compañeros por las noches. Nada es fiado.

Es un establecimiento que el gobierno otorga por concesión.

“Se rumoraba que pertenecía a sub comisionados o comisionados, pero está administrado por cubanos”, según Pedro.

“Es un foco de corrupción, lo manejaban grupos evangélicos, tenían precios exorbitantes, como $25 una bolsa de hielo”, expresó a este diario José Raúl Molino, exministro de Seguridad (2009-2014).

Este medio intentó tener certeza sobre la forma en que se maneja esta tienda, a quién le pertenece, o en qué se emplean sus réditos, pero el Sistema Penitenciario respondió que investigaban los hechos de la reciente masacre registrada el 17 de diciembre que dejó 15 muertos y varios heridos.

BENDITO DINERO
Intramuros quien no tiene dinero para sobrevivir se mira a sí mismo en un infierno. Algunos internos acuden a préstamos asfixiantes dentro del penal que en ocasiones comprometen a la familia. Hay quienes optan por lavar ropa ajena, hacer la limpieza de los pabellones o lavar baños para ganar dinero. Es un mundo dentro de otro. “Es triste tener una necesidad y que otros se aprovechen de esa situación”, sentenció Juan.

Hay otra forma más sofisticada para conseguir dinero que acumula poder a quien la practica.

Pedro describe que en cada pabellón existen de cuatro a seis internos ‘cambistas’, capaces de proporcionar las sumas que requiera cualquier reo. El sistema es el siguiente, según rememoró Pedro: “el cambista le da un nombre al interesado para que alguien afuera deposite a nombre de un familiar del encargado del negocio la suma requerida, a través de cualquier método de transferencias. Una vez el familiar del reo recoge la plata, se la entrega al custodio y éste a su vez, se lo entrega al cambista quien lo distribuye a sus clientes. La comisión, no obstante, es del 15% al 20% del total de la suma que se reparte entre los intervinientes”.

Otra forma de introducir dinero a los penales ocurre cuando un privado de libertad sale a hacer trabajos extramuros y alguien lo contacta para ‘hacer el favor’ de llevar la plata a su pariente o amigo. Estos internos son de confianza así que no en todas las ocasiones los revisan a fondo.

EL SUEÑO DE LA REINSERCIÓN
En la cárcel el ocio agudiza los malos hábitos: el que fuma, fuma más, el que se droga lo hace todo el día, el que juega apuesta más, ese es el mundo. Los reos amanecen y duermen sin hacer nada. Juegan dominó, cartas, compran lotería con la libreta que venden en la cárcel, a $1.50 el pedacito y .50 centavos el chance.

La rutina diaria se resume a comer, vicios, dormir, hay mucho tiempo libre en la cárcel. El reo promedio se levanta a las 8:30 a.m. En el día juegan ‘play station’, charlan, miran televisión, siguen en el vicio, en la chinguia, cocinan, venden cosas, estafan. La mayoría busca la forma de mantener contacto con el exterior, el minuto de celular se vende en .25 centavos. A las 10:00 a.m. llega el desayuno, a las 2:00 el almuerzo y a las 5 la cena. El candado se cierra a las 6 de la tarde.

No obstante, la teoría que plantea la Ley 55 de 2003 sobre los programas de resocialización, en la práctica es incompatible. “Trabajar, estudiar, es una ilusión. Para todo hay que pagar y con creces”, dijo Pedro.

La resocialización como fin de la pena es realmente una utopía. Solo tienen derecho a participar de los programas quienes hayan sido condenados, la última cifra ascienda a 54%.

Pedro se empeñó en inscribirse en programas educativos para conmutar su tiempo y liberarse de ese infierno. Insistió en su capacitación en el programa Pan Alfabit, al que ingresó con mucho esfuerzo. Este proyecto consiste en que cada delincuente se capacite en un área para luego diseminar los conocimientos a otro grupo de reos.

Pero la mayor parte de los internos no se interesan en estos apoyos. El delincuente que llega a la cárcel por lo general es un joven que no ha terminado los estudios, de bajos recursos, crecido en un ambiente hostil, por eso la cárcel se convierte en su universidad del crimen.

Los pabellones 13 y 14 desde hace años son dominados por los presos, no por los Policías. “Estar protegido requiere de dinero, esto significa por ejemplo, que tener una cama hecha con los materiales de la cárcel puede costar $300. Una colchoneta limpia, recién lavada vale $25, un tanque para guardar agua $5, con agua $25, la pasta de dientes sencilla entre $3 a $5, una toalla $10, los intermediarios inflan los precios”, detalló Pedro.

Los penales se rigen por la Ley 55 de 2003 y el Decreto Ejecutivo 393 de 25 de julio de 2005 que reglamenta la norma.

Recientemente mil unidades de la Policía Nacional efectuaron requisas a los pabellones 13 y 14, dominados por una de las bandas más poderosas del país, donde hallaron varias armas de fuego de grueso calibre, municiones, drogas, 107 celulares, 3 proveedores, un cargador, pesas digitales, un machete, 21 platinas, una máquina para tatuar, tijeras, navajas de afeitar, entre otros.

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