Sergio Ramírez: “Cuando Cuba desaparezca del mapa, ahí estará Nicaragua”

El escritor nicaragüense considera que Nicaragua difícilmente encontrará una salida distinta al fin de la dictadura de Daniel Ortega, un desenlace que, a su juicio, tarde o temprano también alcanzará  


Sergio Ramírez fue elegido por la Real Academia Española para ocupar la silla “L”, vacante tras la muerte del Nobel peruano Mario Vargas Llosa. 


Por: Adelita Coriat
Fotos: Mercedes Ortíz
Panamá

Sergio Ramírez, uno de los intelectuales más influyentes de América Latina y firme defensor de los valores democráticos, fue elegido por la Real Academia Española para ocupar la silla “L”, vacante tras la muerte del Nobel peruano Mario Vargas Llosa. La designación representa para Ramírez no solo un honor literario, sino también una enorme responsabilidad: la de llevar la voz y la sensibilidad de América Latina a una de las instituciones más influyentes de la lengua española, con sede en Madrid.

Con la serenidad de quien ha vivido la historia desde dentro, Ramírez recuerda con nostalgia sus años en Nicaragua y los ideales que alguna vez compartió con Daniel Ortega durante la revolución que derrocó a Anastasio Somoza Debayle en 1979. Aquel proyecto, que nació bajo promesas democráticas y de transformación social, terminó fracturado por el autoritarismo. Del Ortega revolucionario con quien compartió luchas y esperanzas, asegura, ya no queda rastro.


Ramírez recuerda con nostalgia sus años en Nicaragua y los ideales que alguna vez compartió con Daniel Ortega.

Hoy, convertido en uno de los críticos más visibles del régimen nicaragüense, Ramírez vive el peso del exilio impuesto por quien fuera su compañero de causa. Un destierro que, lejos de silenciarlo, ha reforzado su voz como escritor, intelectual y defensor de la democracia en América Latina.

AC: Quiero felicitarlo por el sillón que le han dado en la RAE, la letra L. Es un gran contraste, porque mientras en Nicaragua lo borran de los registros, la RAE lo pone a cuidar la lengua española…


Es uno de los críticos más visibles del régimen nicaragüense.

SR: (sonríe) Para mí es un honor muy grande. Y el honor más grande de todos es representar no solo a Nicaragua, sino a Latinoamérica. Después que Mario Vargas Llosa dejó vacante con su muerte el sillón L, y era el único latinoamericano de origen, nacionalizado español al igual que yo, pero latinoamericano de origen, en ocupar la silla de la RAE, esa silla en representación de América Latina, esa representación me toca a mí.

Es una carga pesada, pero hay que saberla llevar.

AC: ¿Qué es lo que más le pesa de esa letra?

SR: Lo pesada es la responsabilidad de tener un continente detrás, las letras de un continente representadas ahí. Una lengua tan rica, tan vasta, tan variable y que hay que tomar siempre en cuenta.


Nunca va a salir de mí una palabra en contra de un exiliado nicaragüense.

AC: Hubo cierta controversia por las víctimas del sandinismo. Ya usted tiene el asiento, ¿qué les responde?

SR: Nunca va a salir de mí una palabra en contra de un exiliado nNunca va a salir de mí una palabra en contra de un exiliado nicaragüenseicaragüense, de un desterrado. Cualquiera que sea su opinión, yo respeto esa condición.

AC: Cuando me enteré de la posibilidad de que podía entrevistarlo, recorrí momentos importantes de su lucha. En aquellos años de la revolución contra Anastasio Somoza (1979) hubo un ideal muy claro con la revolución y el proceso para derrocarlo del poder. Usted formó parte del gobierno de Daniel Ortega como vicepresidente (1985-1990). ¿Cómo se siente después de tanta revolución y tanta lucha, que esa misma persona con la que luchó, después lo desterró?

SR: Me veo como el fruto de una vida. He vivido muy intensamente varias vidas a la vez. He andado por muchos caminos y, por lo tanto, al mirar hacia atrás, veo ese camino que he recorrido. A veces me parece asombroso que haya sido capaz de haber estado en tantos lugares a la vez, en tantas situaciones. Pero me siento muy orgulloso de lo vivido, de la complejidad de lo vivido, de los riesgos que corrí, de los ideales que supe defender.

Estoy en paz con mi conciencia.

AC: Aun así, no deja de ser un momento contrastante.

SR: Sí, yo soy un exiliado, soy un desterrado. También es fruto de mi responsabilidad con las palabras. Yo creo que las palabras tienen filo. Cuando hieren al poder político, hay consecuencias. Yo asumo esas consecuencias. Seré adversario siempre del poder absoluto, del poder dictatorial, y esa es la consecuencia de mi destierro.

AC: Don Sergio, América Latina atraviesa nuevamente un momento de enorme tensión e incertidumbre geopolítica. En el caso de Cuba, pareciera haber una presión cada vez mayor desde Estados Unidos, y algunos observadores incluso ven ciertos paralelismos con la estrategia que Washington ha mantenido frente al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela.

¿Cómo interpreta usted este momento? ¿Cree que Cuba podría entrar en una etapa de mayor confrontación o presión internacional? ¿Y qué consecuencias podría tener eso para la región?”

SR: Yo creo que todo está encaminado a reproducir la misma situación de Venezuela. Vamos a ver, en términos del poder político de Estados Unidos, detrás de la renovación de la doctrina Monroe, lo que buscan es no crear riesgo en lo que consideran sus propias áreas de influencia: Centroamérica, el Caribe, México. Ellos lo llaman la Gran Norteamérica, y el secretario de Estado Marco Rubio ha dicho muy claramente que no van a permitir un Estado fallido a 90 millas de sus costas, que tienen que garantizar la estabilidad de Cuba.

Eso significa, por las señales que yo veo, que son parecidas a las de Venezuela, que van a prescindir de los líderes, de una u otra manera, del estamento superior del país, empezando por el juzgamiento en una corte de Florida a Raúl Castro. Van a quitar de por medio al presidente Díaz-Canel y se van a entender con la estructura política existente: el ejército y la estructura política del partido, que es lo que han hecho en Cuba.


María Corina Machado debería estar en Tucumán. Edmundo González debería haber asumido la presidencia hace tiempo. 

AC: En Venezuela no ha cambiado el régimen. María Corina Machado no ha podido tomar posesión.

SR: Sí, pero yo le estoy haciendo el análisis real de los hechos. Si fuera por mí, María Corina Machado debería estar en Tucumán. Edmundo González debería haber asumido la presidencia hace tiempo. Ganó las elecciones por una abrumadora mayoría. María Corina Machado tiene el inmenso respaldo de la población venezolana. Sin embargo, no cabe en el esquema que Estados Unidos ha diseñado para Venezuela. Yo creo que cada día que pase, la pretensión es que ella juegue cada vez menos un papel decisivo estando lejos de Venezuela.

AC: ¿Y Nicaragua?

SR: Nicaragua, otra vez vamos a lo mismo. Una vez que despejen el asunto de Cuba y el poderío militar y tecnológico que se impone, Cuba no tiene ya medios de resistencia ninguno. Se le ha agotado las reservas de petróleo, no hay medicinas, no hay comida. Los apoyos a Cuba son simbólicos, los apoyos materiales. Es una situación al borde del colapso. Cuando Cuba desaparezca del mapa, ahí estará Nicaragua.

Habrá que ver, estará Nicaragua más visible. Se comenzará a hablar de Nicaragua, algo que ahora no ocurre. Seguramente será un esquema parecido. Con la diferencia de Venezuela y Cuba importante es que en Venezuela hay una estructura de oposición muy bien aceitada, organizada, con una cabeza visible y en Nicaragua no hay nada de eso. Toda la oposición está dispersa en el exilio, no hay una representación unitaria y entonces es más fácil montar un esquema que prescinda de la oposición en Nicaragua con una parte del poder político reinante.

Yo creo que lo de Cuba es inminente. Entonces el panorama va a quedar despejado.

AC: Es una situación drástica ante gobiernos autoritarios. ¿Realmente usted veía alguna otra salida de estos gobiernos que no fuera esta?

SR: Las salidas que yo puedo proponer son ideales. No me gusta aplaudir que se haya llevado a Maduro en un helicóptero a ser juzgado en Estados Unidos, pero, y aquí viene el pero. Es decir, en Venezuela toda oposición había sido aplastada, las cárceles estaban llenas de presos, se había visto un desprecio por los derechos humanos de este régimen. ¿Cuál era la salida que había para esa? Ninguna. Dieron una salida y ahora estamos enfrentando, no la situación que yo quisiera, que es que se instalara un gobierno democrático en Venezuela, sino que hay una especie de protectorado.


Adelita Coriat junto a Sergio Ramírez.

AC: Lo que yo trato de decir es que estas situaciones que han quedado con tanto autoritarismo en América Latina, en estos países que estamos hablando, requerían de este tipo de situaciones drásticas.

SR: Totalitarismo de izquierda y de derecha.

Lo que pasa es que la administración Trump es adversaria de este viejo totalitarismo ligado al marxismo, leninismo en América Latina y al discurso radical de izquierda. Están los gobiernos de derecha abusando de los países. Nadie está hablándose de llegar a sacar del pelo a Maduro, a Bukele en un helicóptero y están violentando los derechos humanos, viven en un estado de excepción permanente. Y la oposición está en el exilio, la prensa toda en el exilio.

Tenemos que volver a las bases de la democracia real en América Latina y luchar por eso, no luchar por soluciones violentas. No confiar en que desde fuera nos van a resolver los problemas, sino buscar construir las situaciones. Sé que es muy complejo construir las situaciones desde dentro. No hay democracia que se sostenga si no tiene una base social, interna, política, que es lo que necesitamos crear en América Latina, que se respeten los periodos electorales, que se respeten las instituciones.

No hay otro camino.

AC: Con tanta corrupción, ¿cómo hacemos eso?

SR: La corrupción es parte del problema. ¿Cómo se elimina la corrupción? También a través de los mecanismos de la democracia. Si ponemos a un autoritario a eliminar la corrupción, lo que va a hacer es sustituirla por otra corrupción. Entonces, tiene que haber una vigilancia, unos controles de los poderes del Estado, unos organismos de control fuerte, transparencia en las cuentas públicas. Todo eso está en la agenda del futuro de América Latina.

AC: No sé si lo veo en un futuro tan cerca, porque me parece un poco idílico.

SR: Mientras más luchemos porque se creen esas situaciones, más cerca va a estar las soluciones. La lucha no es ir a tomar un fusil. La lucha es hablar todos los días de estos problemas, convencer a la gente, y eso le toca a los políticos, de que el único camino es la democracia. No hay ningún sustituto para la democracia. Un mecanismo imperfecto, estamos de acuerdo. Pero peor es el autoritarismo, peor es el partido único.

Ya 60 años de partido único en Cuba, ve el resultado. Un caudillismo demagógico en Venezuela, ya ve el resultado. Una dictadura familiar en Nicaragua de padres a hijos a nietos, ya ve el resultado. Entonces, lo que necesitamos es creer en la democracia y luchar por ella.

AC: Don Sergio, esa ideología izquierdista, supuestamente comunista, de igualitarios y todo eso es toda una farsa, porque estas personas de la cúpula están llenas de plata.

SR: Sí, y también la demagogia de derecha es otra farsa. Por eso yo insisto en que la base real es la convivencia democrática. Es decir, a mí no me importa ni me preocupa que haya un gobierno de derecha o de izquierda en el poder. Tienen que ser electos por la mayoría transparente de los ciudadanos. Los presidentes tienen que completar sus periodos presidenciales y cuando los terminan, si no les está permitida la reelección por la Constitución, irse para sus casas.


La demagogia de derecha es otra farsa. Por eso yo insisto en que la base real es la convivencia democrática.

Tiene que haber relevo en el poder y tiene que haber independencia de poderes, gobierne la izquierda o la derecha. Es decir, no es ilegítimo que gobierne la derecha ni la izquierda. Siempre hay que gobernar de acuerdo con la institucionalidad que está regida por la Constitución.

Estamos en malos tiempos, tiempos muy demagógicos, en los que la gente cree en los extremos, en las soluciones instantáneas, en los cantos de sirena de los demagogos. Tenemos que volver a las bases de la democracia.

SR: ¿Usted, de alguna manera, siente que le pese la libertad en el exilio? En el sentido de que usted ha salido de Nicaragua, pero hay varios de sus compañeros que se han muerto y varios otros que están presos.

SR: Mi experiencia de hace 40 años. Perdí muchos compañeros en la lucha contra Somoza: asesinados, en las cárceles, torturados, muertos en el combate, cuando se creía que la lucha armada era una manera legítima o útil para derrotar a un tirano. Y después, tanta gente que murió en el año 2018 en Nicaragua, jóvenes asesinados por la espalda. Eso es un peso. Pero la libertad no es gratis. Esta gente que murió por un ideal no debería haber muerto.

Pero hay que respetar que es una contribución esencial al futuro democrático de Nicaragua.

AC: Yo quiero apelar un poco a su gran capacidad de crear escenarios. Digamos que usted está en una habitación cerrada con Ortega y no hay ni cámaras ni nada. ¿Qué le diría usted a Ortega?

SR: (Se ríe) Que ya debería acogerse a la última oportunidad que le queda, que es irse de Nicaragua, arreglarse con su país, con la comunidad internacional y escoger un lugar donde vivir el resto de sus días. Él es un hombre ya muy mayor.

AC: Busca perpetuarse con las próximas generaciones…

SR: Con toda su familia. En un esquema democrático, en Nicaragua no caben las sucesiones familiares. Yo lo voy a defender cerradamente. Ya tengo la experiencia de las sucesiones familiares, lo que significan. Además, la democracia no puede ser compatible con sucesiones familiares, es decir, impuestas, como es el caso de Nicaragua. Me está poniendo en una posición hipotética, pero yo lo que le decía: antes de que sea tarde, hay que levantar campo.


Tengo la esperanza de que regresaré a Nicaragua. Lo que pasa es que a la Nicaragua que yo regresaría no es una Nicaragua cualquiera. 

AC: ¿Y qué cree que le respondería Ortega?

SR: Yo creo que me va a decir que no, que él va a morir con las botas puestas.

AC: Digamos que usted está escribiendo una obra literaria y llega a la última página. ¿Se le permite al exiliado volver a su patria o se queda con el castigo de exiliado?

SR: Yo estoy esperando la hora de volver a Nicaragua.

Tengo la esperanza de que regresaré a Nicaragua. Lo que pasa es que a la Nicaragua que yo regresaría no es una Nicaragua cualquiera. Yo tengo que volver a una Nicaragua en construcción de una democracia, donde todos los que vamos a luchar por la democracia están dentro. Volvieron los exiliados, a todos los que nos quitaron la nacionalidad nos la han devuelto, funcionan libremente los medios de comunicación, hay libertad de movilización, los paramilitares están bajo arresto o neutralizados.

Nadie teme por su vida, por su seguridad, por su libertad. Esa es Nicaragua a la que yo volvería.

AC: ¿Qué rol jugaría usted en esa Nicaragua?

SR: Ninguno. Mi voz. Yo no tengo rol político futuro. Mi tiempo en la política pasó.

AC: Pero no tiene que ser políticamente.

SR: Yo tengo mi voz, mi participación es mi voz, mi aportación con ideas y ayudar a que se construya la democracia desde mi propia tribuna.

AC: ¿Usted cree que puede volver pronto a Nicaragua?

SR: Ese es mi escenario. Vamos a ver. Yo no volvería a una Nicaragua bajo cerrojo.

Claro. Volvería a esa Nicaragua en construcción.

AC: Y del exilio, ¿qué es lo que más le pesa?

SR: El alejamiento del país, la imposibilidad de regresar a Nicaragua, el hecho de vivir con una idea. No la Nicaragua real, sino mi idea de Nicaragua en mi cabeza. Eso es lo que más me pesa. Yo como escritor puedo vivir en cualquier parte, pero quisiera vivir con Nicaragua y en Nicaragua. Ese es mi medio natural, donde yo quiero estar. Me han sacado de donde yo quiero estar, me han forzado a irme de donde yo quiero estar.

Claro que en España vivo muy bien, muy bien acogido, muy bien respaldado. Me han dado muchos honores y distinciones. Quejarse de España sería absurdo. He aprendido a vivir en una democracia. Eso es muy importante. Cinco años de mi vida viviendo en un país donde todo el mundo dice lo que quiere.

El Parlamento funciona, las elecciones funcionan. Yo voto como ciudadano español en esas elecciones. Tengo la alegría de ir a votar.

Si usted pudiera volver a su casa de Nicaragua y llevarse algún objeto que no sea económico, ¿qué llevaría?

SR: Seguramente todos mis premios literarios, que me he ganado muchos en España en estos cinco años. Los que me he ganado en España son con los que yo volvería a Nicaragua.

AC: Y si usted puede volver a su casa de Nicaragua y sacar de ahí algún objeto, que no necesariamente tenga un valor económico, ¿qué traería?

SR: Es difícil esa pregunta, porque tengo muchas cosas ligadas a mi vida allí. No sé. Tengo unos zapatitos de niño que mi madre llegó a moldear en bronce, mis zapatos de niño, todos deformados. Yo era pie plano, entonces los zapatitos deformados. Tal vez eso me llevaría.

AC: Le trae mucha nostalgia eso.

SR: Sí, claro. La infancia siempre es el territorio de la nostalgia.

AC: Cuando cierra los ojos y piensa en Nicaragua, ¿qué ve?

SR: Mi pueblo, las calles de mi pueblo, el pueblo donde nací.

AC: ¿La comida que más extraña, cuál es?

SR: La comida que más extraño es no sé, hay un plato muy fundamental de la comida nicaragüense, que es una carne al vapor, que se llama carne en baho, que se hace con carne de cecina, en un envoltorio de hojas de plátano, con plátano verde, plátano maduro, yuca, tomate y cebolla.

Es como un tamal.

AC: ¿Qué historia no puede escribir porque le duele demasiado?

SR: No creo que exista nada que no pueda escribir. Yo creo que lo que le falta a uno es tiempo para escribir todas las historias que quisiera. Pero explorar la propia vida a través de la literatura es un buen consuelo. Sacar lo que tiene dentro a través de la literatura.

Yo lo he hecho muchas veces y me siento muy tranquilo escribiéndolo. No me siento dramatizado por exhibir lo que tengo dentro.

AC: Ahora puede ver la vida en retrospectiva. Y tantas cosas que han surgido en estos últimos años y en los pasados, y todo lo que ha tenido que sufrir. ¿Cómo lo ve en retrospectiva usted? ¿Cómo lo resumiría a eso?

SR: Es como sentarse frente a la pantalla a ver una serie de Netflix (ríe). Todo lo que he vivido es difícil. Mientras más uno se aleja hacia el pasado, uno tiende a verlo no cinéticamente, sino a través de fotos fijas. La infancia ya uno la ve en fotos fijas. La película comienza después de las cosas más recientes. El pasado es eso, se convierte en fotos fijas, en instantes distintos. Antes, que existieran las cámaras y los teléfonos digitales, las fotografías eran lo que se llamaba instantáneas.

Son instantáneas. Una cámara Instamatic era para instantáneas.

AC: Y de esas fotos que usted está viendo, ¿cuál rescata con más ahínco?

SR: Otra vez vuelvo a la infancia. A mi pueblo, mis padres, mi familia, el ambiente de mi pueblo, luego mis años de la universidad, que los atesoro mucho. Son los años donde uno se enamora, donde aprende todas las canciones que va a saber en la vida.

Los amigos muertos. Tengo algunos amigos que murieron muy jóvenes. Todo eso es lo que está en las instantáneas.

AC: Cuando usted se empezó a alejar de Ortega, que dio señales de autoritarismo, ¿después se imaginó que iba a continuar tanto tiempo?

SR: Es muy difícil imaginarse a alguien que se va a transformar en lo que ahora es.

Yo dejé de ver a Ortega hace muchos años, lo dejé de ver hace 30 años.

Por lo tanto, no sé cómo a lo largo de 30 años un personaje así ha evolucionado. Solo lo puedo imaginar como novelista, pero no atestiguar su evolución hacia convertirse en un dictador tan despiadado.

AC: ¿Hubo alguna señal que mostró y usted dijo: “No, esto no me gusta”?

SR: No creo que haya habido una señal visible de su carácter dictatorial. Creo que la transformación ha sido bastante lenta y larga.

AC: ¿En qué está trabajando ahora?

SR: Acaba de salir una novela que me ha entregado mi editora hoy en día, la editora de Alfaguara, me entregó los primeros ejemplares. Se llama “La maldición de Ramfis”, que es la cuarta novela de una serie de novela negra con mi personaje, el inspector Dolores Morales.

Esta novela se desarrolla a bordo de un velero de lujo que está viajando desde Nicaragua a Costa Rica. Es un barco que se llama El Ciclo, pero que antes se llamó Angelita porque fue propiedad de la familia Trujillo, de Dominicana, del generalísimo Trujillo. Se comete un crimen allí que tiene que ver con Nicaragua y otra vez volvemos a entrar al país por la puerta de ese barco, o a través de ese barco.

Y por eso se llama “La maldición de Ramfis”, porque Ramfis Trujillo, el hijo del dictador, lo había convertido en un cabaret flotante. Entonces, también está contada la historia del barco.

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