domingo, 10 de julio de 2016

La impotencia de una mujer condenada a 46 años de prisión

Iris Cedeño, exdirectora del Centro de Menores ubicado en Tocumen, considera que los magistrados fallaron en su contra arrastrados por la presión mediática, y que no analizaron la sentencia en forma individual

Iris Cedeño se siente impotente, como si le hubieran amarrado la boca justo cuando más la necesitaba. Durante cinco semanas estuvo sentada frente a los magistrados que decidirían su suerte y lo único que pudo pronunciar fue: inocente.

No pudo subir al estrado a dar su testimonio de los hechos de aquél 9 de enero de 2011, cuando era directora del Centro de Menores ubicado en Tocumen, y un voraz incendio en la celda número 6 devoró a cinco internos. Por ese hecho, la fiscal le imputó cargos por homicidio, delito contra la libertad y otros vejámenes.

“La Fiscal me acusa de que yo vi.. Ahí esta la desgracia, que yo no ví nada, porque si hubiera visto que los muchachos se estaban quemando no lo hubiera permitido, como madre, como directora, mis gritos todavía llegarían al cielo”, exclama angustiada.

Finalizado el proceso, los magistrados del Segundo Tribunal de Justicia la condenaron a 46 años de prisión. A sus 60 años, la sentencia implica cárcel de por vida.

“Cómo es posible que tú no puedas decir ni ‘a’ cuando sientes que te están acusando y tienes algo en la cabeza y ves que tu abogado no lo está diciendo. Él dijo que no se pudo hablar, ni uno de los acusados lo hizo”, reclama inútilmente Iris.

Durante el juicio de nada le sirvieron múltiples pruebas que había colectado para demostrar su inocencia: la evaluación social que detalla su situación familiar; las opiniones favorables vertidas por sus vecinos acerca de su persona; las entrevistas que retrataban su humilde personalidad o su afán por el bienestar de la población juvenil; las referencias de sus excompañeras que dieron testimonio de sus valores éticos y morales así como la calidad de su trabajo, “mujer cariñosa, sencilla, respetable, humilde, honesta”, detallaban.

Tampoco le fue útil el dictamen pericial en el que un especialista de renombrada formación estableció que las estructuras ubicadas donde se mantuvo Cedeño durante los fatídicos hechos, le obstaculizaban la vista de las llamas en la celda 6. El informe, además, determinó que al momento en que se quemaron los jóvenes era imposible escuchar cualquier auxilio por el ruido del motor del camión de los bomberos.

No fue provechosa la carta que había enviado a su superior tres meses antes de la tragedia en la que advertía de las pésimas condiciones del penal, el hacinamiento y la falta de personal en fines de semana.

Lo más contradictorio para ella, es que a inicios de la investigación, que abultó más de 31 tomos, los magistrados del Segundo Tribunal de Justicia determinaron que Cedeño no era responsable por la muerte de los menores. La decisión avaló la actuación de la directora del Centro, de permitir la entrada de la Policía para controlar el intento de fuga masiva que planeaban los infractores, pues la misma se apegaba a la Ley.

Añadía que al momento en que la Policía tomó el control de la situación, corresponde al oficial de mando la responsabilidad de tomar las decisiones más acertadas para tratar de lograr el objetivo deseado. Por tanto, no existían suficientes elementos en su contra para sustentar la orden de indagatoria de la Fiscalía por los cargos que se le habían formulado.

Pero su abogado, según Cedeño, no supo aprovechar esta decisión. El expediente corrió y su suerte fue la peor.

Con la condena en sus espaldas, decidió contratar a un nuevo defensor. Para pagarle, tuvo que vender la casa que había abonado al banco durante 15 años con mucho sacrificio. La situación la obligó a mudarse a casa de su madre de 80 años. Es la única alternativa que le queda para evitar la sentencia que la ha llevado a acudir a terapias y caer nuevamente en una depresión profunda.

Rememora como las ansias la atormentaban antes del juicio: "yo llegaba a mi casa del trabajo, me sentaba, dormía sentada en el sillón y así mismo me levantaba y me iba para el trabajo sin bañarme y sin nada. Todo mundo se me acercaba y me preguntaba que por qué caminaba así, con la espalda encorvada, la cabeza agachada, la mirada en el piso. Yo decía, Dios mío yo nunca tuve problemas con los muchachos".

El veredicto de los jueces fue publicado el 11 de enero de 2016.

Para entonces, ella trabajaba como funcionaria del Ministerio de Gobierno y Justicia. Ese día, su jefa la citó a una reunión en su despacho casi a la hora de la salida.

Cuando Iris llegó, se encontró en la misma oficina a varios jefes de alto rango. Todos con la cara desencajada. Lo primero que pensó fue que había incurrido en una falta grave.

Era el centro de las miradas. A los pocos segundos su superiora miró el computador y leyó la nota que resumía un fallo de la Corte que la condenaba a 46 años de prisión.

Iris ni se inmutó. Se quedó serena, muda, no era capaz de pronunciar palabra. Después de varios minutos, absorta de lo que acababa de escuchar, se dirigió a la psicóloga que estaba en el grupo:

-Licenciada, ¿por qué estoy actuando así?
-Es que está en negación, no lo acepta, le respondió.

Iris reconoció: sí, lo estoy aceptando, “pero desde este momento voy a hacer valer las palabras que un día mi padre me dijo: ‘de mis tres hijos tu eres la más fuerte’, y desde este momento me voy a fortalecer y me voy a defender”.

Ahora lo dice más convencida y definida. Pega con el dedo índice de su mano derecha en la mesa de la sala de reuniones del diario simulando la fuerza de la que hablaba su padre.

A su edad, jamás había sentido tanta frustración. Durante las cinco semanas que estuvo sentada frente a los jueces nunca le permitieron presentar una prueba a su favor. Está convencida de que tuvo una mala defensa. Además, siente que los magistrados no se tomaron tediosa la tarea de leer los 31 tomos que conforman el expediente.

Durante los cinco años que duró el proceso hubo relevos en quienes dirimirían su suerte.
Está segura, dice, que su veredicto se centró en saciar la sed de la opinión pública que clamaba justicia al ver las impactantes escenas de televisión que mostraban como se calcinaban los reos. “Yo sabía que ellos no habían tenido tiempo de leer todo”.

“Metieron a todos los acusados en la misma bolsa y no se dedicaron a analizar caso por caso. Si ellos, que recién se empapaban del proceso, se hubieran detenido a observar dónde estaba cada acusado, qué hizo, cuáles eran sus funciones, y cómo reaccionaron aquél día de la tragedia, no hubieran tantos inocentes sentenciados a la pena máxima". Como se siente ella.

“Nunca ordené matar a nadie, ni dije tiren la bomba por atrás, ni siquiera se me pudo haber ocurrido, o pensar una cosa así!”, exclama.

No concibe cómo se le puede acusar de tantos vejámenes y sentenciar por el homicidio de cinco hombres, si de ningún modo le hizo daño a los infractores a su cargo.

Mientras actuó como directora del centro se sentía como pez en el agua. Aplicó sus destrezas como trabajadora social para extraer a los chicos de los malos pasos: entraba a las celdas, hablaba con ellos, bailaban, hacían actividades. Cuando salía del trabajo escuchaba a lo lejos la voz de los reos que le gritaban desde sus celdas: licenciadaaaaa, Dios me la bendiga, hasta mañana.

Atesora en una caja todas las evidencias, que lamenta, su abogado omitió en el juicio. Son la prueba de su buena relación con internos. “Ni uno me acosó o me amenazó, quien me acosó y me imputó cargos fue la Fiscal”, señala con amargura.

Su rostro es indescifrable. Por momentos refleja una paz que le asiste la fe de la que se aferra y reza para evitar el futuro encierro. Pero, en instantes, parece trasladarse al que podría ser su infierno y llora desconsolada.

Su desgracia fue no haber presenciado como los internos de la celda 6, se quemaban producto de una bomba lacrimógena, porque de haberlo visto, hubiera hecho todo a su alcance para evitarlo.

Ese día, cuando le leyeron su próximo futuro, su jefa la envió a casa escoltada por personal del Ministerio para evitar que hiciera "alguna locura". La gente empezó a llamarla por teléfono pensando que se tiraría del puente de las Américas.

Le repetían: “Iris no hagas una locura, mira que tienes un hijo”.

Ella se resistió a la escolta. "Yo tengo un hijo y si yo hago algo mi hijo se destruye". Pero su superior insistió. Cuando arribó a su residencia ya había gente afuera esperándola, vecinos y conocidos.

Algunos pensaban que la Policía se la llevaría esposada en cualquier momento. Le consultaban si eso de los 46 años era verdad. "Sí, es verdad, pero yo no voy a ir a la cárcel porque yo no llego hasta allá, así que ese gusto no se los voy a dar", respondió la mujer de 60 años.

Iris goza de libertad condicional. Espera el dictamen de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, la entrada a la última etapa de su vida, sin barrotes.

(segunda parte: El rostro de la desdicha)

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