domingo, 12 de enero de 2014

Elecciones en Afganistán: la expansión persa y el retorno del fundamentalismo



George Chaya
[experto en medio oriente]

Con la publicación de la lista oficial de candidatos a la presidencia afgana, se ha completado un aspecto clave y fundamental de la estrategia del presidente Barack Obama para que la retirada estadounidense de Afganistán se efectúe según la agenda de Washington. El plan de la administración Obama es poner fin a los 13 años de presencia de Estados Unidos en el país a finales de este año. Las elecciones presidenciales en Afganistán están previstas para abril de 2014 y se supone que ellas deben proporcionar el marco político que permita y dé lugar al retiro de los EEUU.

Lo cierto es que hay tres problemas con esa estrategia de Washington. A saber:

a) El primero es que el anuncio de la retirada ha animado a los opositores del actual status quo, especialmente a los talibanes, a reorganizarse y prepararse para un nuevo intento para la toma del poder una vez que los norteamericanos se hayan marchado.

b) El segundo problema es que con EEUU fuera del marco de la seguridad militar necesaria para la estabilidad del país, sea quien fuera elegido presidente de Afganistán, le resultará muy difícil “ejercer y mantener el poder real“, y como máximo, se convertiría en otro líder de facción respaldado por su tribu y/o comunidad étnica. c) A mi juicio, el prematuro retiro de EEUU plantea un tercer problema. Y es que intensificará la rivalidad entre las potencias regionales, especialmente Irán, Pakistán y Rusia, ninguno de los cuales desea ver un Afganistán democrático en su patio trasero. Irán ha inyectado miles de millones de dólares buscando obtener influencia en Afganistán. En la última década, Irán ha sido el segundo mayor donante de ayuda a Afganistán después de EEUU y en la misma forma en que explotaron la retirada de Obama de Irak, los khomeinistas aspiran a llenar el vacío estadounidense y tomar Afganistán para expandir así la Revolución Islámica y ganar terreno en su disputa con los países árabes del Golfo socios de Arabia Saudita. Por otra parte, consciente de su creciente impopularidad en Afganistán, Rusia acompaña estratégicamente la pujante penetración iraní para construir un nuevo bloque antiestadounidense y esta nueva táctica de Moscú está teniendo éxito.

Por su parte, Pakistán está decidido a asegurar una posición dominante en Afganistán en el contexto de su propio enfrentamiento con la India. Para Pakistán, Afganistán es una provincia más de su país y le proporcionaría profundidad estratégica a sus intereses. Al mismo tiempo y debido a su lucha regional contra Irán, varios países árabes han decidido apoyar la política de Pakistán dentro de Afganistán. A cambio, llegado el momento, Pakistán podría abastecer a los países sunitas con ojivas nucleares si es necesario hacer frente a una amenaza nuclear de Irán.

La ironía en esto es que fue Washington quien impuso el sistema presidencial en Afganistán, donde la ausencia de una administración fuerte y un ejército eficaz ha hecho que el ejercicio del poder centralizado se convierta en un grave problema. Esto es evidente y el ejemplo palmario es que por más de una década la seguridad personal del presidente afgano ha sido proporcionada por fuerzas especiales estadounidenses.

Afganistán fue creado como un ‘Estado tapón’ para mantener separados los tres poderes históricamente rivales en la zona (Rusia, Gran Bretaña e Irán). Esta rivalidad regional que naciera en los 80 llegó a ser conocida como ‘El Gran Juego’ y ha sido una galaxia de comunidades tribales, étnicas y religiosas que coexistían bajo la autoridad de un poder frágil y desconectado de Kabul. Los comunistas que tomaron el poder con la ayuda de la Unión Soviética en 1977 ignoraron este hecho y trataron de imponer un sistema centralizado. Tal error estratégico arrastró a Moscú a una guerra imposible de ganar.

Luego del retiro soviético, los paquistaníes y sus aliados árabes cometieron un error similar cuando crearon los talibanes, aunque éstos les ayudaron a apoderarse de Kabul. El resultado fueron años de guerra que acabaron con la intervención estadounidense de 2002.

Cuando los talibanes fueron desalojados de Kabul, lo más efectivo hubiera sido ayudar a los afganos a construir un sistema parlamentario federal con la presidencia como una función simbólica. Pero la administración Bush rechazó esa opción por asumir que Estados Unidos permanecería en Afganistán el tiempo suficiente para cambiar la cultura política de esa nación. Similares estrategias se habían aplicado con éxito en el pasado en países como Alemania Occidental, Corea del Sur y Japón, donde décadas de presencia militar y política de EEUU ayudaron a forjar una nueva cultura democrática. Pero nada de esto ocurrió en Afganistán ni en Irak. El presidente Obama, sucesor de George Bush, se negó a proporcionar un compromiso a largo plazo para que tal cosa suceda. Washington no hizo nada para convencer a los afganos en desarrollar un sistema parlamentario basado en el compromiso de la unificación territorial del poder político. Hoy, EEUU dejará Afganistán con profundos y cuantiosos problemas, muchos de ellos, en parte, provocados por las peculiaridades de la política estadounidense.

Ninguno de los 12 candidatos aprobados a participar en la futura elección presidencial tiene la estatura para unificar a los afganos que, muy posiblemente, caigan nuevamente bajo la égida de grupos violentos y fundamentalistas luego de la retirada estadounidense.

Cinco candidatos disfrutan en alguna medida de mayor reconocimiento por sobre el resto, pero no alcanzara para pacificar Afganistán. Uno es el señor Abdul Rasul-Sayyaf, un antiguo líder muyahidín hoy respaldado por Pakistán, pero inaceptable para las comunidades étnicas de los tayikos y uzbekos. Otro es Abdullah Zamariani, ex ayudante del legendario líder muyahidín Ahmad Shah Massoud. Zamariani es muy popular entre los tayikos, pero carece de base y aceptación entre los pastunes, que representan casi el 40 % de la población. En tanto el ex ministro de Finanzas Ashraf Ghani podría tener el perfil de hombre de Estado, pero le falta el carisma para entusiasmar a la comunidad pastún y es percibido como cercano a EEUU.

Al mismo tiempo, desde Irán el flujo de dinero es monumental a favor de Qutbuddin Hilal, un ex líder del Hezb-Al Islamiyye (Partido Islámico) y hoy aliado táctico de los talibanes. Por último, otro de los candidatos es Ghul Agha Sherzai, un ex comandante de la guerrilla más dura del país y con poca ascendencia tribal pero con un importante ejército propio afincado en la zona montañosa del triangulo fronterizo con Pakistán, zona conocida como la de mayor producción de droga de la región y con importante ascendencia dentro de las fuerzas militares y de seguridad.

Para complicar aún más las cosas, el presidente Hamid Karzai decidió jugar la carta nacionalista firmando un acuerdo que permitiría a una fuerza simbólica de la OTAN permanecer en Afganistán en el marco de un proyecto de capacitación en seguridad. Pero al mismo tiempo, Karzai también está cortejando a los mullah de Teherán con la esperanza de que el apoyo de Irán ayude a su facción a retener la presidencia. El resultado es una gran confusión en todo el escenario interno afgano.

Después de aportar cantidad de sangre y dinero en la liberación de Afganistán, muchos piensan que EEUU tendrá influencia en el desarrollo y el resultado de las elecciones afganas. Pero la conducción política estadounidense no ha estado a la altura de las circunstancias, EEUU se ha comportado como una potencia débil en su política exterior. Esto ha quedado muy claro en el desinterés de la administración Obama a nivel regional. En el pasado reciente fue Irak, hoy es Afganistán. Ambos casos muestran que EEUU ha convertido victorias militares contra el terrorismo en derrotas diplomáticas que abren peligrosamente la ruta al regreso de la violencia sectaria allí. Y peor aún, a una desenfrenada escalada nuclear regional planteada por Teherán a la cual los países árabes del Golfo no piensan ceder protagonismo.

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