viernes, 10 de abril de 2015

Cuba y Estados Unidos concentran atención en la VII Cumbre de las Américas

La VII Cumbre de las Américas se inauguró ayer por la noche en el centro de convenciones ATLAPA, con la participación de 35 jefes de Estado y de gobierno, entre ellos, Cuba. Expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA) -tres años después de que Fidel Castro, autor del movimiento revolucionario de izquierda derrocó al gobierno de Fulgencio Batista- por su incompatible política marxista-leninista, con el resto de los Estados.

Desde entonces, la isla permaneció aislada del resto del continente, bajo el bloqueo económico impuesto por el norte.

Fue el propio Marx quien escribió que los seres humanos hacen su propia historia, aunque bajo circunstancias influidas por el pasado.

Hoy las crónicas reseñan tiempos peculiares. Citan nuevamente a los protagonistas: Estados Unidos, Cuba y Panamá como ocurrió en 1956 cuando se desarrollaba en la capital istmeña la reunión presidencial que convocó a 21 países de Latinoamérica, antes de marginar a la isla.

Un cuadro que la coyuntura actual amerita recordar. John Lee Anderson lo recoge en su publicación de la biografía del camarada de Fidel, Ernesto “Che” Guevara. Redacta un pasaje particular en que Castro, preso en México, acusó a la embajada estadounidense de “presionar” a las autoridades mexicanas para frustrar su liberación. Washington -señala Anderson-, efectivamente había pedido a los mexicanos que retrasaran su puesta en libertad, no tanto por las preocupaciones que pudiera despertar, sino por la necesidad de apaciguar a Batista quien había amenazado con boicotear la cumbre de presidentes prevista para el 22 de julio en Panamá; los norteamericanos querían asegurarse de que no falte nadie.

Hace más de medio siglo, los Estados Unidos atinaban a mejorar sus relaciones con una Latinoamérica abandonada. Una política que renace. Se reconcilia con uno de sus archienemigos; Raúl Castro, hermano del comandante Fidel. Deja atrás un enfoque fracasado de aislamiento, de bloqueos económicos y de amenazas castrenses o terroristas, y desafía a la propia historia de la que hablaba Marx, ahora transformada en una nueva era en las relaciones Washington – Habana que libera batallas ideológicas.

La connotación de este hecho se hizo presente en los discursos de todos los oradores en la ceremonia de inauguración que abrió con un mensaje del Papa Francisco en voz del secretario del Vaticano Pietro Parolin.

Dijo que el Santo Padre se sentía en sintonía con el lema de la cumbre: prosperidad con equidad. Añadió que “la inequidad y la injusta distribución de las riqueza son fuente de conflictos y de violencias entre los pueblos”.

Luego, el secretario general José Miguel Insulza, que en corto será relevado por Luis Almagro, resaltó que la región ha tenido avances, pero aún hay desafíos importantes: el proceso de paz de Colombia, la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, y otros conflictos territoriales. El compromiso de la igualdad nos plantea problemas difíciles de resolver, dijo Insulza, pero la exclusión no está en el menú.

Además de la pobreza, la inequidad, la marginación de poblaciones indígenas y la falta de oportunidades, temas en los que las Américas aún tiene una deuda pendiente con sus poblaciones, Ban Ki-moon, secretario general de las Naciones Unidas, mencionó que el narcotráfico sigue siendo una amenaza para la seguridad.

Por último, el anfitrión Juan Carlos Varela, trajo al tapete la reunión de presidentes en el 56. Y fue más atrás al ponderar el sueño de Simón Bolivar, en el que algún día, el istmo podría ser lo que Corinto para los griegos; tierra de convergencias, facilitador de entendimientos. Varela habló de la nueva etapa en las relaciones hemisféricas “basadas en el respeto de los diferentes gobiernos y enfocadas en los problemas que afectan a nuestra gentes”.

Desde aquella cumbre, dijo, América atravesó momentos difíciles como la medición de fuerzas entre grandes potencias, la región dividida por guerras civiles, el asesinato de monseñor Oscar Romero que dio su vida por El Salvador, recordó el mandatario panameño fiel seguidor de las políticas sociales del sacerdote que próximamente será beatificado.

Habló del narcotráfico. Propuso el intercambio de información y el fortalecimiento de las instituciones para combatirlo.

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