lunes, 7 de julio de 2014

El desafío de dejar las armas

Son pasadas las doce medio día del viernes. Espero en el supermercado de una calle de El Chorrillo al pastor Boris Valdés, quien me solicitó el favor de llevar a un ex pandillero a una entrevista de trabajo en una obra donde se construye un nuevo centro de convenciones en el sector turístico de Amador.

El pastor Boris se encarga de rescatar, a través de la palabra de Dios, a los jóvenes que buscan abandonar la delincuencia, y lo logra. A su cargo tiene a 90 mujeres y hombres que acuden a su ayuda cuando sienten que son los que siguen en el velorio, o cuando algo más grave que la muerte los motiva a dejar las armas.

El pastor sube al auto y nos encaminamos hacia uno de los callejones en donde espera, sentado sobre la acera, un joven trigueño. Tiene una gorra puesta sobre la cabeza por la que se asoman sus cabellos negros, las cejas pobladas color negro, ojos almendrados de igual tono. En la mano sujeta un fólder con su hoja de vida. También lleva en la mano un estuche con una Biblia y una mochila en la espalda donde guarda sus cosas. No carga un centavo en el bolsillo.

Es complicado ponerlos a trabajar, la mente de estos adolescentes o entrados en los veinte es otra: tener plata fácil o a la fuerza. Es a lo que están acostumbrados y en cuanto se les imponen reglas se incomodan, por lo que hay que estar encima de ellos todos los días cual niños chiquitos, así me habla el pastor cuando le pregunto qué le parece la propuesta del gobierno sobre la amnistía.

Las familias de estos muchachos son disfuncionales, papá y mamá están en droga o en la cárcel, y los hijos; la mujer tiene marido o se prostituye y el hombre empieza robando.

Germán se hizo ayudante de construcción desde que inició el proyecto Curundú en el 2009. Un plan de construcción de viviendas de bajo costo que empleó temporalmente a ex pandilleros y a jóvenes que desertaron del colegio.

Una vez concluida la edificación, Germán quedó ocioso en busca de una nueva oportunidad. Una que hoy espera concretar, con la ayuda de Dios, en este trabajo.

Hace unos 7 años, Germán no tenía que batallar tanto para ganarse la vida. Era el hombre más temido de El Chorrillo. Había participado en cuatro pandillas: Pentágono, Bagdad, Vietnam y Matar o Morir (MOM). Me cuenta que desde que tenía doce años empezó a buscar los suyo; comenzó ‘pickeando’ o robando carteras, luego en los almacenes y con el tiempo notó que su paso por el crimen le había dejado como herencia un cementerio propio.

Irónicamente, lo que a Germán le dio pavor no fue cuando le tocó apuntar a alguien con la pistola, sino cuando tuvo que ir a buscar su récord policivo a la Dirección de Investigación Judicial para formar parte del proyecto Curundú.

-Tuve miedo de ir a buscar el papel. Veía que a todos los llamaban, pero a mí no. ¡Dios Santo!, cuándo será mi nombre, yo veo que todo mundo toma su récord y el mío no sale. Hasta que me llamaron, mi récord está limpio, no tiene nada.

Germán logró cambiar de oficio gracias a la ayuda de la fe y de personas que estuvieron muy pendientes de él para que la tentación no le hiciera caer en las garras del demonio.

El pastor Boris tiene un don para atraer a este tipo de personas. Es un hombre con carisma entrado en los treinta pero cuyas vivencias, las historias que le confiesan los expandilleros y los hechos de los que ha sido testigo en el barrio le dan la experiencia de un viejo.

El pastor me explica, como si tuviera a un pandillero frente a él, cómo es el proceso que utiliza para sacar a alguien del crimen: ven acá, este muchacho va a caminar con nosotros y no queremos que le hagan nada. Continúa mientras me indica las direcciones: tranquilo, que lo vamos a estar restaurando por si acaso lo ven por ahí mal parado.

A la persona que decide cambiar de vida se le da seguimiento, lo van puliendo, lo tratan como si fuera un papá a un bebé; todos los días lo miran, le brindan comida en la casa del pastor o de un ‘hermano’, y le dan algunas prendas para vestir. El dólar es lo que usan para el pasaje, cuando podemos, me cuenta, les compramos algunas zapatillas o un pantalón.

Por ejemplo, observa el religioso, me llamaron: ‘ Pastor, ¿tiene alguien por ahí?’. Cuando tengo, les mando a quien esté preparado. Eso se escoge muy cuidadosamente.

LA AMNISTÍA
‘Les ruego, les suplico, abandonen las armas. Tienen un mes para integrarse a los programas del gobierno’, decía el presidente Juan Carlos Varela investido con la banda presidencial. El mensaje de amnistía ha sido reiterativo en sus discursos.

Para ellos -los pandilleros- eso es un chiste, me dice el pastor: los ‘pelaos’ que están metidos consideran una burla entregar un arma porque saben que su vida depende de ella. Si cien pandillas dan sus armas, el resto se los come.

El gobierno está consciente de que en el pasado quinquenio las pandillas se multiplicaron un 400%, ahora hay más de 7,500 pandilleros en todo el país. Varela pretende tomar como referencia el proyecto Curundú para integrar a estos jóvenes e intenta extender la experiencia a otros sitios como la provincia de Colón, donde anunció que se invertirán $500 millones en reestructuración de viviendas.

Estos pandilleros van a tener la posibilidad de trabajar en distintas áreas del proyecto, me habría dicho Rodolfo Aguilera, el nuevo titular de Seguridad, mientras presenciamos el traspaso de mando a Omar Pinzón, nuevo director de la Policía Nacional.

Aguilera confía en el Programa de Seguridad Integral (PROSI) y en la labor de la Policía Comunitaria, que tiene 400 unidades apostadas en la resocialización y reinserción en Santa Ana, Curundú y El Chorrillo.

El PROSI se nutre de fondos del Banco Interamericano de Desarrollo. En ocho años de haber sido creado, se han invertido más de $60 millones en programas contra la delincuencia; no obstante, carece de un diagnóstico medible y verificable de los programas que implementa. En su mayoría, planifica canchas deportivas para el desahogo juvenil, pero sin una reingeniería interinstitucional. Los testimonios en este caso, y en muchos otros como los de Germán, son solo una referencia anecdótica, pero no evidencian estadísticas confiables.

Conseguir un empleo para Germán fue un reto, tanto para él mismo como para el pastor. Que permanezca en él es casi remoto. Conocí a Boris Valdes por un amigo y consultor empresarial, René Quevedo. El hombre ha estudiado el asunto de reinserción y resocialización por años. Dos conceptos distintos que se tienden a confundir.

RADIOGRAFÍA
El tema es que nos van a atropellar los números, afirma el experto: Los jóvenes solo están obteniendo uno de cada 28 empleos nuevos. La exclusión es por chorros y la inclusión, se hace por goteo.

Cada uno de estos pandilleros que se insertó en la construcción tenía tutores, ellos no tienen hábitos de trabajo, y la transición en cumplir órdenes y horarios requiere de un proceso.

La reinserción social es cada vez más remota, dice Quevedo. Además, prevenir la violencia no es lo mismo que generar ingresos dignos, podríamos perseguir el humo toda la vida y no apagaremos el fuego, acotó Quevedo.

Para René, la propuesta del gobierno a los pandilleros es viable, pero requiere de estrategias articuladas para que al soltar el arma se les brinde un curso de carpintería, plomería u otro, y de una vez pueda ser reinsertado. Sin duda, no es un proceso de treinta días.

Así que el primer punto de discusión tal vez debería ser: ¿Qué hay para la gente?

René es de la opinión de que el programa de amnistía debe adelantarse a identificar empleos o actividades sustitutas que les permitan generar ingresos dignos. De lo contrario, los criminales regresarán a su vida anterior. La estrategia de seguridad en materia de pandillas se ha enfocado tradicionalmente en el crimen organizado y la violencia como causa, no como el efecto tácito de un asunto de exclusión social, asegura René.

El panorama se complica cuando escucho al experto decir que la firma Nathan Associates pronosticó que en la década entrante casi la mitad de los nuevos empleos que se generarán requerirán de importación de mano de obra y el ingreso de técnicos extranjeros con salarios inferiores, cosa que acarreará el despido de trabajadores panameños.

La vida de Germán será otra si logra permanecer, aunque sea un año, en ese trabajo. El pastor le reza a Dios que así sea. Entre sus plegarias también le ruega a Dios para que le continúe enviando oportunidades como ésta para otros jóvenes con historias igual de crudas que la de Germán. Sin estas oportunidades, los armados podrían terminar con la vida de quienes por haber decidido cruzar la raya y no poder estar en cualquier lado quedan expuestos, ya están marcados, y ahora, también, desarmados.

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